Llevas horas a los mandos de tu avión y estás rendido, cansado más
allá de los límites del agotamiento. Te duelen los ojos de tanto mirar al
desierto, y los párpados se te caen poco a poco hasta quedarte dormido. No es
la primera vez que te preguntas si no debería dejar de dar vueltas y volver a
tu trabajo en la Universidad de Inglaterra.
Eres un arqueólogo, y uno de los buenos, aunque tú mismo lo digas,
que ha pasado la mayor parte del último año intentando encontrar el legendario
Templo del Faraón Terratakamen, conocido en todo el reino de la egiptología
como el Rey del Terror por la cantidad de gente a la que había dado muerte
durante su reinado. En un último intento por localizar el templo y sus
legendarios tesoros, has alquilado una avioneta y llevas más de una semana
sobrevolando el abrasador desierto egipcio.
Delante de ti, una línea baja de acantilados surge de las arenas
del desierto y tú tiras de los mandos para ascender por encima de ellos. De
repente, un destello de luz solar reflejado en algo que hay más abajo te llama
la atención. Giras el avión para verlo más de cerca, y allí, en una gran
hendidura entre los acantilados, ves un enorme templo en ruinas. Te frotas los
ojos con incredulidad y te acercas con el avión para echarle otro vistazo.
Parece perfectamente conservado, aparentemente sin cambios después de cuatro
mil años. A medida que lo sobrevuelas, observas que al valle oculto sólo se puede
entrar a través de una estrecha brecha en el acantilado de apenas un metro de
ancho, esa es obviamente la razón por la que el secreto se ha mantenido durante
tanto tiempo.
Emocionado por el descubrimiento das la vuelta para dirigirte a tu
campamento base, pero el motor chisporrotea y se para. Pierdes altura
inmediatamente y sólo tienes tiempo suficiente para hacer un aterrizaje forzoso
al pie del acantilado. A pesar de tu habilidad, el aterrizaje en el duro suelo
del desierto no es fácil. Estás ileso, pero un rápido examen de tu avión
destrozado es suficiente para comprobar que nunca más volverá a volar. Tendrás
que esperar a que te rescaten.
Esto no te preocupa demasiado, has pasado muchos años en el
desierto y conoces bien los mejores métodos para mantenerte con vida en caso de
emergencia. Sabiendo que no te buscarán hasta al menos el día siguiente,
decides aprovechar el tiempo al máximo, empezando a explorar el templo. De tu
avión siniestrado coges suficiente comida y agua para tres comidas y, en un
impulso repentino, una pequeña hacha que guardabas en la cabina. Has aterrizado
a menos de cien metros de la brecha en los acantilados y pronto estás caminando
hacia el valle oculto, el primer hombre que contempla el antiguo templo desde
la época de los faraones...
El Templo del Faraón - Tom Williams